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Sobre cómo perder el control es parte del camino hacia la trascendencia

Buena Vida

Por: pijamasurf - 11/17/2017

Para la meditación y la filosofía zen, esta experiencia se convierte en un mecanismo psicológico cuyo fin es vivenciarse como seres interconectados en un cosmos interdependiente

Dejar el trabajo para lanzar un proyecto freelance, mudarse de país o ciudad, terminar una relación significativa, son eventos que nos pueden dejar al borde de lo desconocido sin saber hacia dónde dirigirnos. Puede que tengamos miedo de estar en un lugar peor de donde partimos o de no saber cómo enfrentarnos a los cambios; sin embargo, permitirse perder el control y sentir la experiencia de la inconstancia puede brindar sorpresas realmente gratificantes.

No obstante, ¿cómo aprender a soltar el control de lo seguro? Dejarse llevar por lo desconocido parecería irracional y una posible sentencia a muerte de la zona de control; pero en realidad, es una manera radical, intuitiva y empoderante que nos acerca hacia lo trascendental. A veces es necesario provocar que el ego, culturalmente condicionado a las demandas de la sociedad, salga de las opiniones externas y descubra su propia interdependencia al atreverse a hacer “lo prohibido” –aquello que la misma sociedad tilda de “locura” o “desperdicios”–. Y si ese es el camino que se decide tomar, el del obstáculo, eventualmente una oleada de euforia podrá usarse como una herramienta para disolver la barrera inconsciente entre el self y el cosmos.

Dentro de prácticas meditativas como las que podemos encontrar en el yoga clásico o el budismo tibetano, esta experiencia se convierte en un mecanismo psicológico cuyo fin es vivenciarse como seres interconectados en un cosmos interdependiente. Es decir, la experiencia eufórica es capaz de vaciar los conocimientos previos para dejarnos en un estado ininterrumpido de aprendizaje. Es como si la sensación de mesmerización en relación con el cosmos nos brindase las lecciones educativas necesarias para confiar en lo desconocido, y mediante ello se va apelando al mundo tal y como lo concebimos, somos capaces de abrir el tercer ojo, de desvanecer el ego en una unidad con el cosmos. Se trata, en otras palabras, de una expansión infinita de la zona de confort, en donde el mundo se convierte en el maestro y el objeto de estudio.

Esta pérdida consciente del control viene acompañada del proceso del desapego, permitiendo convertir las vulnerabilidades –como el miedo, la inseguridad, la ira– en los recursos más poderosos que poseemos. Pues, en términos psicoanalíticos, somos capaces de ejercer una formación reactiva: tomamos las emociones negativas y las transformamos en energía “positiva”, aquella que utilizamos para nuestros proyectos personales, ayudar a otros en necesidad, regularnos ante eventos complicados… Y asimismo, podemos darnos cuenta de que en la inmensidad del planeta y la vida, nunca acabaremos de aprender, evolucionar, crecer y sincronizarnos con el cosmos.

Una manera práctica de resonar en la pérdida consciente del control es mediante la meditación acompañada de posiciones orientadas a despertar la energía kundalini. El objetivo es activar la energía que, desde la raíz, pueda tanto restablecer la conexión y el balance con la naturaleza como disminuir la sensación de miedo y paranoia. Esta meditación se inicia enfocando la energía en la base de la espina mientras se conecta con la tierra; paso a paso, la relajación de los músculos pélvicos permite la expansión de la espina hacia el suelo como si fuese la raíz de un árbol. Así, el miedo podrá transformarse en coraje y fuerza para dar lugar a la experiencia de la euforia. Los siguientes videos serán una guía de este tipo de meditación:

 

 

Eres lo que piensas: estos 8 consejos cambiarán tu mente para mejorar tu realidad

Buena Vida

Por: pijamasurf - 11/17/2017

Nuestra realidad es la proyección de nuestros pensamientos

“El ser humano es un animal de costumbres”, escribió Charles Dickens, y esa afirmación también es válida para nuestra mente, que en muchos casos se mueve y opera a través de patrones que, de tan usados, creemos que son completamente fijos. Vivir así, sin embargo, casi siempre resulta en creer que la realidad en la que vivimos es igual de inconmovible, que nada en ella es susceptible de modificación. 

Pero nada más falso. Nuestra realidad es frecuentemente una proyección de nuestros pensamientos, de las decisiones que tomamos en función de éstos y de los hechos que toman forma a través de aquéllas. Fue Lao Tsé quien dijo: 

Cuida tus pensamientos, pues éstos se convierten en palabras. Cuida tus palabras, pues éstas se convierten en acciones. Cuida tus acciones, pues éstas se convierten en hábitos. Cuida tus hábitos, pues éstos se convierten en tu carácter. Cuida tu carácter, pues éste se convierte en tu destino.

En este espíritu, compartimos a continuación ocho consejos que pueden ayudarte a reflexionar sobre la calidad de tus pensamientos y la manera en que éstos influyen en la realidad que experimentas cotidianamente.

1. Haz conscientes tus pensamientos –y cuida de ellos–

Aunque esto pueda sonar obvio, en realidad no muchas personas lo ponen en práctica. Lo más común es que demos rienda suelta a nuestra mente, que actuemos en función de lo que pensamos, sin nunca reflexionar sobre esos mismos pensamientos. Dicho de otra manera: ponemos atención en los resultados, pero no en las causas que dieron origen a éstos. Imaginemos el caso de una persona a quien han despedido de todos los trabajos en los que ha estado, o de otra en cuyo historial amoroso sólo se encuentran relaciones tormentosas con personas que cumplen determinadas características. ¿Es porque el medio laboral “es así”? ¿Porque el amor “es así”? O, más bien, porque hay ciertos patrones mentales inconscientes que no permiten a esas personas pensar que un trabajo o una relación de pareja pueden ser de otra manera. Carl Jung alguna vez dijo: “Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, éste dominará tu vida y lo llamarás destino”.

El proceso no es sencillo, pero puedes comenzar por poner atención en lo que piensas en determinadas situaciones. Quizá creciste con la idea de que el estudio no era lo tuyo, y por eso no te preocupas por prepararte más o mejor con respecto al área en la que laboras. ¿Pero eso es verdad? ¿De verdad eres o no eres de determinada forma? ¿O esa cualidad, como tantas otras, es susceptible de cambio?

 

2. Atiende tu proceso

Hasta cierto punto, la voluntad de cambio es casi sólo individual. Para la mente es sumamente sencillo desviarse y atribuir a otros la responsabilidad que en realidad nos corresponde a nosotros mismos. Si continuamos con los ejemplos anteriores, quizá lo más fácil para una persona a quien despiden sistemáticamente de sus empleos es culpar a sus jefes, a sus compañeros de trabajo, al sistema económico en que vivimos, etc., y aunque esto puede ser parcialmente cierto, no nos exime de hacernos cargo de aquello que sí podemos modificar en nuestro beneficio.

 

3. Intenta sostener tu esfuerzo

Desde siempre se ha dicho que la constancia es la clave del éxito, y aunque a fuerza de repetición esa frase parece desgastada, no por ello es menos cierta. Si has tomado la decisión de mejorar, comprométete contigo mismo e intenta no claudicar. No es fácil para la mente dejar ciertas formas de pensar y cambiarlas por otras, pero es posible por medio del esfuerzo sostenido, tanto en la voluntad de atención como en la voluntad de cambio.

 

4. Sé compasivo contigo mismo

La compasión es clave en este proceso. Poner atención en tus pensamientos no significa que debas imponer una vigilancia 24/7 a tu mente, o que te recrimines cada vez que incurres en un patrón mental que intentas cambiar. Somos seres débiles, falibles, inseguros. En una palabra, humanos. Ten compasión de tu estado y de tus logros, agradece lo que estás viviendo, confía en tus capacidades y tus recursos… y continúa.

 

5. Las cosas pasan por algo

El mundo en el que vivimos es un lugar imprevisible y, con todo, es posible que mucho de lo que nos sucede tenga un sentido, tanto los logros como las adversidades y los hechos menores de todos los días. No se trata, como decíamos antes, de resignarnos a creer que las cosas son de determinada manera por determinada razón, como si existiera un plan maestro que gobernara los acontecimientos de nuestra vida, sino más bien ajustar esa perspectiva y mirar nuestro propio contexto, las circunstancias del fragmento de realidad en que vivimos. En esa pequeña parcela las cosas suelen aclararse y aquello que parecía laberíntico y azaroso, de pronto adquiere coherencia propia. La persona que, por ejemplo, creció en una familia de músicos y terminó eligiendo esta misma profesión; o el joven, hijo de un abogado severo, que prefiere estudiar artes. Parecen clichés, pero en muchos casos el significado de las cosas que vivimos se encuentra en nuestras propias circunstancias de vida, actuales y pasadas.

 

6. Esto no es una etapa de tu vida: es tu vida en sí

La cultura en la que vivimos venera la idea de progreso y, como tal, nos hace creer que toda mejora es una superación, un dejar atrás lo obsoleto para arribar a un estado más elevado (como los “upgrades” de los sistemas operativos, por ejemplo). En el caso de la mente, sin embargo, esa idea suele ser más bien estorbosa. Muchas personas emprenden un proceso de “renovación” o cambio creyendo que se trata sólo de una etapa en su vida, una especie de momento de programación al que se tienen que someter durante 1, 2, 3 meses, para después dejarlo y continuar su vida. No obstante, este enfoque puede ser poco útil. Para la mente el tiempo transcurre de otra manera, y si a esto añadimos que la vida se encuentra en cambio constante, es más o menos evidente concluir que el proceso de atención sobre los pensamientos y la necesidad de cambiar ciertos patrones mentales en función de nuestro bienestar son tareas para toda la vida, no sólo de un momento.

 

7. Piensa en tus comodidades, y piénsalas otra vez

La llamada “zona de confort” es, en muchos casos, ese espejismo que nuestra mente ha creado para sentirse segura y cómoda. Hasta cierto punto, es la zona que se refleja en nuestra realidad todos los días: las cosas que hacemos, el lugar donde vivimos, las relaciones que frecuentamos. Pero tiene también su lado oscuro, por así decirlo: la comodidad de mantener una relación que no nos hace felices, por ejemplo, o seguir en un trabajo que no nos interesa. Es humano querer mantenerse seguro y a salvo, pero también es necesario conocer el costo de esa comodidad, si acaso no nos permite cambiar y acercarnos a aquello que deseamos realmente para nuestra vida.

 

8. Calla… y escucha

En nuestra época, uno de los principales factores que perturban nuestra mente es el exceso de estímulos en que vivimos. Por si no bastara la formación recibida –ese cúmulo de expectativas, represiones, proyecciones y demás– ahora vivimos inmersos en una sociedad que nos llama a ser siempre más, siempre mejores, a encontrar nuestro valor personal en las mercancías que adquirimos, a aspirar a la fama efímera de las redes sociales, a forjarnos nuestra propia fortuna, a… 

Quizá nadie en la historia necesitó tanto del silencio como nosotros. Detenerse para contemplarse a sí mismo y al mundo que nos rodea. Demorarse ante la vista de un atardecer o del vuelo de una mosca. Paladear el inesperado gusto de estar a solas. Callar brevemente antes de hablar. 

Quizá lo único que necesita nuestra mente para florecer es escuchar su propio silencio.

 

¿Qué parece? No dejes de compartirnos tu opinión –¡y tus propios consejos!– en la sección de comentarios de esta nota.

 

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Imágenes: Pascal Campion